jueves, 12 de marzo de 2015

Ni de allá

A veces me siento ajena al mundo. Como si mi hogar hubiese sido enterrado en intereses ajenos. Mi hogar lleno de vida y energía. Mi cuerpo me pide a gritos sentir en mis pies la tierra fresca y fértil, escuchar el viento mover las hojas de los árboles, admirar las flores que adornan los campos. Quisiera que el hombre no se hubiese comportado como dueño y señor del mundo ni transmitido esa idea por generaciones. Somos parte de un todo. Si movemos alguna pieza, tenemos que darnos cuenta de los cambios que estamos provocando en las otras. Si las consecuencias de un mal movimiento fueran sólo para quienes lo hacen, no me preocuparía.