lunes, 30 de noviembre de 2015

Red Roses

Así es ella... una rosa roja hermosa, suave, pura, inocente, transparente. Delicada como un rayo de luz de luna. Inteligente y audáz. Risueña como un girasol. De pensamientos profundos como una nebulosa, serena como el infinito. Firme como un roble.
Pequeña mariposa que el destino me ha permitido observar. Grácil y dulce princesa que ha llegado a visitarme en las tinieblas regalandome el brillo de sus ojos. Hemosa escultura de Buonarroti, tan perfecta... Esa voz que inunda mi cabeza, en un abismo absoluto que no permite cabida a otra cosa que no sea el sonido que emiten sus delicados labios rosas, dulce melodía, exquisito manjar para mis oídos. Ah... niña mía, hada frágil y trémula, poseedora de la elegancia del erizo, voy a sembrar mil flores hermosas en mi jardín para que no quieras irte nunca... mi pequeña...
Con la calidéz de tu piel ya no pienso en ningún sol, tus pequeñas manos que todo lo transforman en arte. Tus pecas como pequeñas estrellas que adornan tu rostro, constelaciones inolvidables.

miércoles, 25 de noviembre de 2015

Descubrimiento del valor

Por su aspecto.
Por lo que sabe.
Por lo que hace.
Por lo que siente.
Por lo que es.

sábado, 14 de noviembre de 2015

Función constante, agua de estanque

Inmovil. Profundo. Oscuro. Silencioso.
Una luz. Tenue. Roja. Intermitente. Débil.
Palpitaciones. Acogedor. Estoy en casa.

martes, 10 de noviembre de 2015

Ambigüedad, arcoíris nocturno.

¿Quién eres tú? ¿Porqué me invitas de esa manera tan irresistible a la melancolía?
Haces que cierre mis ojos y me introduzca de noche en un mar calmo, y siga caminando sin pensar que en algún momento necesitaré respirar. Más profundo, hacia la nada, hacia el vacío, mis pies no se detienen. Qué placer estar aquí, no tiene comparación. Soy uno con las oscuras aguas. Los pececillos ya no distinguen entre uno y otro y siento cómo, queriendo atravesar mi cuerpo chocan desorientados. Incluso si pudiera ver más claramente, podría asegurar que algunos han conseguido pasar por mi estómago. De pronto, una reacción extraña hace que mi cuerpo tenga espasmos. Mis pulmones piden aire, pero yo ya no puedo darles eso. Mis pies no se mueven, son raíces profundas en la arena.
El agua empieza a entrar por mi naríz, al principio duele, pero cuando mis pulmones se llenan completamente, y me siento ligeramente más pesada, firme, el dolor desaparece. Los poros de mi piel buscan desesperadamente un fuido diferente. Inteligentemente, descubren que en donde me encuentro el agua es rica en oxígeno y empiezan a tomarlo. Hace cosquillas respirar por la piel. Un ligero oleaje me mece despacio y cierro los ojos para sumirme en un profundo e interminable sueño.

viernes, 6 de noviembre de 2015

Palabras de piedra

1. No hay mejor lugar para colocar el centro del universo que nuestro corazón.
2. Prefiero la prudencia del silencio a la vorágine de la disonancia.
3. No hay un manual de navegación, sólo corrientes repentinas para aprovechar, sin un fin conocido.
4. Los adultos son niños forzados a vestirse de grandes.
5. Madurar es tener conciencia de las consecuencias de nuestros actos.
6. No podemos agarrarnos de algo más firme que de nosotros mismos.
7. A cierta presión se abre la puerta forzadamente de la inspiración.
8. Para entender la música hay que sentirla.
9. En la soledad no existen las máscaras.

martes, 3 de noviembre de 2015

Invierno

Hace frío. Mis jardínes se han teñido del color de los cabellos de aquella mujer albina.
Pureza.
Cristales azules cuelgan de los arcos pedregosos cuyas piedras aún conservan pedazos de musgo fresco. Las huellas que dejo al caminar forman hermosos patrones alrededor de la fuente congelada. Silencio.
Me quedo inmóvil mirando los cuatro escalones de la entrada a mi palacio.
Subo despacio, el eco de mi movimiento resuena en el largo pasillo principal. Las puertas de madera se cierran a mis espaldas con un rechinido viejo y desgastado, pero acogedor. Un poco de niebla se filtra con un haz de luz y desaparece como un fantasma.
Tinieblas.
Levanto mi mano y los candelabros plateados encienden al unísono iluminando los cuadros que adornan el pasillo.
Camino algunos pasos y abro la primera puerta a mi izquierda. La cerradura es vieja, corresponde a la astillada y pesada puerta que huele a bosque recién llovido. La llave con cabeza en forma de trébol encaja perfectamente y gira despacio hasta que se escucha el peculiar sonido de apertura.
Aspiro el olor de libros viejos provenientes de las estanterías junto a la ventana que da al exterior.
El sillón rojo con pedazos de forro de plástico arrancados por el uso me espera frente al cuadro de una niña pequeña, solitaria y de ojos tristes mirando hacia la nada junto a un arrollo en el que refresca sus pies.
Un pequeño pizarrón de caucho muestra algunas fotografías. Un cantante de Beirut, un bebé en una carreola, un piano de cola, un órgano, bibliotecas escolares, un taller de carpintería, un parque lleno de árboles, y una sala de estudios secreta. En el alféizar de la ventana hay tres macetas, con distintas flores que nunca marchitan; una gerbera roja, un girasol y una amapola carmesí.
 Abro la ventana con cuidado y las cortinas blancas ondean, la brisa me deja la nariz con pequeños copos blancos. Me sacudo y me siento en el sillón, mirando hacia la ventana, en una pequeña mesita está lista una tetera llena de té negro caliente. El atardecer comienza y tiñe el cielo de color de rosa. Las notas de violín del adagio de Albinoni parecen llegar desde las montañas lejanas.
Justo al terminar mi bebida, la noche empieza, me acomodo para observar cómo aparecen las estrellas, una de mis actividades favoritas, esperando la constelación de orión, las veo hasta quedarme dormida, cobijada con una manta de algodón y recostada en amohadones de plumas.

Gracias, Claudia, por tan bella melodía. Tienes, como el Dr. Lecter: un gusto exquisito.