Hace frío. Mis jardínes se han teñido del color de los cabellos de aquella mujer albina.
Pureza.
Cristales azules cuelgan de los arcos pedregosos cuyas piedras aún conservan pedazos de musgo fresco. Las huellas que dejo al caminar forman hermosos patrones alrededor de la fuente congelada. Silencio.
Me quedo inmóvil mirando los cuatro escalones de la entrada a mi palacio.
Subo despacio, el eco de mi movimiento resuena en el largo pasillo principal. Las puertas de madera se cierran a mis espaldas con un rechinido viejo y desgastado, pero acogedor. Un poco de niebla se filtra con un haz de luz y desaparece como un fantasma.
Tinieblas.
Levanto mi mano y los candelabros plateados encienden al unísono iluminando los cuadros que adornan el pasillo.
Camino algunos pasos y abro la primera puerta a mi izquierda. La cerradura es vieja, corresponde a la astillada y pesada puerta que huele a bosque recién llovido. La llave con cabeza en forma de trébol encaja perfectamente y gira despacio hasta que se escucha el peculiar sonido de apertura.
Aspiro el olor de libros viejos provenientes de las estanterías junto a la ventana que da al exterior.
El sillón rojo con pedazos de forro de plástico arrancados por el uso me espera frente al cuadro de una niña pequeña, solitaria y de ojos tristes mirando hacia la nada junto a un arrollo en el que refresca sus pies.
Un pequeño pizarrón de caucho muestra algunas fotografías. Un cantante de Beirut, un bebé en una carreola, un piano de cola, un órgano, bibliotecas escolares, un taller de carpintería, un parque lleno de árboles, y una sala de estudios secreta. En el alféizar de la ventana hay tres macetas, con distintas flores que nunca marchitan; una gerbera roja, un girasol y una amapola carmesí.
Abro la ventana con cuidado y las cortinas blancas ondean, la brisa me deja la nariz con pequeños copos blancos. Me sacudo y me siento en el sillón, mirando hacia la ventana, en una pequeña mesita está lista una tetera llena de té negro caliente. El atardecer comienza y tiñe el cielo de color de rosa. Las notas de violín del adagio de Albinoni parecen llegar desde las montañas lejanas.
Justo al terminar mi bebida, la noche empieza, me acomodo para observar cómo aparecen las estrellas, una de mis actividades favoritas, esperando la constelación de orión, las veo hasta quedarme dormida, cobijada con una manta de algodón y recostada en amohadones de plumas.
Gracias, Claudia, por tan bella melodía. Tienes, como el Dr. Lecter: un gusto exquisito.