La soledad reinaba y calaba en los huesos como el frío. La locura comenzaba a tocar mi puerta. Estaba empezando a acostumbrarme a ese clima. Mis rosas y amapolas dormían letárgicamente.
Me percaté de que el adagio de Albinoni se había perdido entre las montañas, el viento se lo había llevado. Un silencio casi absoluto me envolvía, ¡qué sensación de soledad tan desesperante!
Sin embargo, por la mañana, los rayos del sol me sorprendieron con una dulzura indescriptible, cuando ya no esperaba escuchar nada procedente de aquellas montañas, esos rayos cantaron un nuevo adagio, el adagio de Samuel Barber, bellas cuerdas solares.... no estés triste, repetían dulcemente; no estés triste...
Me sentía abstracta, incomprensible, incluso para mí misma. Llena de emociones e ideas caóticas sin ningún patrón. Estaba perdida, perdida dentro de mí. Las horas de angustia, pasaban lentamente, arrastrándome con ellas a la desesperación. Las flores y el cielo empezaron a perder sus colores. El sol ya no quiso volver a brillar. El cielo parecía nublarse cada vez más con cada suspiro.
La melancolía se volvió mi acompañante, eterna, pensaba yo, hasta que llegaste.
Viajero cansado, a beber agua a mi castillo. Pidiendo con dulzura una sonrisa que le devolviera la luz después de haber estado perdido. Lo acogí en mis brazos, sin pensar en el futuros ni pasados.
Besé sus labios humedecidos por el agua que había bebido. Me dijo: de aquí hasta donde nos alcance la vista. Asentí y con una sonrisa, sellé el pacto.
Me miró con aquellos ojos llenos de obscuridad, ojos impenetrables, y comprendió lo que yo era, cada pincelada. Ese momento mágico duró dos infinitos de éxtasis, nuestras miradas se quedaron clavadas la una en la otra, con una fuerza magnética tal, que era casi imposible desviarlas.
Lo invité a pasar y le preparé un lugar junto a mi habitación principal, se puso ropas nuevas, y por la noche tuvimos una amena cena. Hasta el arroyo más rápido tendría envidia de la fluidéz con la que hablabamos él y yo. El viento se pondría celoso de todas las historias que conocíamos. Me sentí tan cercana a ál, como el sol y la luna en un eclipse. La noche pasaba y en cierto momento, el viajero se levantó de su silla. Yo suspiré pues sentía que una despedida se avecinaba.
Lo miré con algo de angustia, y él, adivinando mis pensamientos, me dijo muy dulcemente, a la vez que sonreía y tomaba mi mano delicadamente: voy a quedarme.
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