jueves, 15 de octubre de 2015
Para un gato risón
Mi querido Chesire, ha sido un placer exquisito haberte visto brillar en esta obscuridad en la que andaba perdida, este pozo sin fondo al que caía lentamente y en el que iba a volverme gris como los hombres de Momo, y mis escamas de drágón se desprenderían de mi cual hojas de sauce. He llegado al punto en el que las lágrimas cobran un sentido lógico y puedo, con extrañeza, agradecer tu partida. No estaba siendo yo misma, me volví un satélite velador y sobreprotector, que se salió de una órbita paradógica de traslación sobre si misma para rotar sobre un planeta desconocido. Me doy cuenta que esto ha sido mejor. Porque como dices tú aprendemos por las malas, y yo aprendí ésta por las malas. ¡Y qué golpe me di! Pero ya estoy de pie, ya no hay lágrimas, la herida está a punto de cerrar. Aunque las promesas que nos hicimos han cambiado de significado y aunque extrañe algo la vida romántica de los libros que leí, debo seguir adelante. Ya no serás mi protector ni yo tu satélite. Ambos iremos por caminos distintos. Nuestros caminos. Yo nunca perderé tu rumbo, podré seguirte incluso estando lejos por mi sendero. gracias a esta brújula dorada que me has regalado. Es lo único que me diste para no perderme. Una brújula con dos agujas. Por ahora la guardaré en el bolsillo, porque veo que se avecina una tormenta y el camino es rudo y largo.
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